SINFOROSA

 

© José Antonio Barbeito

 

Sinforosa iniciaba su labor diaria de pelar patatas pensando en la siesta que tenía después de la comida. Aquel momento de ocio le permitía escribir sus cartas y eso era como un premio para ella. Sus manos empujaban el cuchillo y giraban el tubérculo mecánicamente, con la habilidad que da la costumbre, casi de memoria, con la mente puesta en lo que le iba a decir aquel día a su marido.
Ajena al cuadro en el que se había enmarcado, sentada en un banco de piedra situado al lado de la entrada de casa, huía de la monotonía perdiendo la mirada en el interior de sí misma. La humedad de sus ojos negros proporcionaba un brillo y una profundidad en su cara que contrastaba con la palidez de la piel y la canosidad de los cabellos. La nariz, menuda, un tanto arqueada y levemente irritada, mostraba una tonalidad parecida al enrojecimiento de un resfriado. La boca, de labios finos y distendidos, inclinados hacia abajo en los extremos, acentuaba la expresividad y melancolía que emanaba de aquel rostro sexagenario.
Las mondaduras habían caído mansamente en su regazo, sobre un mandil tan gastado como su alma, en el que apenas se identificaban unas líneas blancas sobre un fondo gris. Al terminar, se levantó, y recogiendo con delicadeza el delantal, vació las mondas, y con ellas el cuchillo, en el cesto donde quedaban las patatas sobrantes. Se apartó de los recipientes y sacudió la arcilla que se había pegado a sus ropas en otra parte. Después, llevando el cubo con las patatas peladas en una mano y en la otra el cesto con las restantes, entró en casa.
El vestido largo y negro, que daba forma a su imagen, ayudó a que la silueta se perdiera en el interior de la vivienda. Esas ropas sin luz partieron por la mitad su cuerpo joven y en ellas se refugió desde entonces. El día que su marido fue dado como desaparecido de guerra, se había puesto el primero, y a partir de aquella noticia, oscureció su manera de vestir al igual que había oscurecido su vida.
Vació en el fregadero las patatas que había pelado y abrió el grifo hasta cubrirlas con agua limpia. Apartó a un lado del cesto las que le habían sobrado y tiró las mondas en el recipiente de los desperdicios. Desató un manojo de verdura y, dirigiendo el grifo hacia el otro seno del fregadero, empezó a lavarla seleccionando cada hoja por separado.
A su derecha, en la chimenea, la leña chasqueaba en medio de las llamas antes de desvanecerse entre cenizas, humo y un calorcillo agradable. De vez en cuando, los crujidos más sonoros llamaban la atención de Sinforosa, que giraba la cabeza para comprobar que los estallidos no habían esparcido ninguna rama ardiendo junto a los pies de su padre. Éste, sentado frente al fuego, se arrimaba al calor de la lumbre desde su estado de ceguera y enajenación mental. Mientras, jugaba con una rama al tuntún. Parecía como si quisiera hurgar y oxigenar la hoguera, pero la vejez se lo había llevado al mundo de las tinieblas y la locura, privándole de ver, comprender y reaccionar coherentemente.
Unos lamentos en el piso de arriba interrumpieron el trabajo de Sinforosa. Paró de lavar la verdura y se acercó al banco donde estaba sentado su padre. Con un suave <<Déjeme el palo papá>>, le quitó la rama de las manos y la utilizó para ordenar el fuego y alejarlo lo más posible de él. Acto seguido, arrancó escaleras arriba, dejando al anciano desconsolado y sin la rama. Al poco rato volvió a bajar y, después de comprobar como su padre sostenía la cabeza entre las manos en un gesto de reposo, continuó con los quehaceres de cada día.
El tiempo marcaba caprichosamente su ritmo y el mediodía estaba cada vez más cerca, tanto en el reloj, como en el estómago. La mujer suspiró, necesitaba darse prisa si quería tener la comida a su hora. No tardó en poner la olla al fuego, la llenó de agua hasta la mitad, le echó un poco de carne, dos chorizos y medio lacón salado, y los grelos para que todo se fuera cociendo. Las patatas, cortadas en uno o dos trozos, y tres huevos irían más tarde porque tardaban menos en cocerse. No necesitaría sal, seguro que bastaba con el lacón, lo había desalado poco.
Ni la dieta de sus padres ni la suya les permitía aquel exceso, pero estaban en carnavales y no tenía intención de mantener un régimen tan cruel. Sobre todo por su padre, le gustaba tanto que con sólo poder disfrutar del banquete, ya le parecían unas fechas casi sagradas. A pesar de que no sabía ni donde estaba, seguro que se daría cuenta del día que era cuando probara la comida. Al pensar en él, lo buscó con la mirada para comprobar que seguía dormitando lejos de la hoguera.
Después echaría las patatas y los huevos, pero mientras se cocían la carne y la verdura aprovecharía para subir de nuevo junto a su madre. Necesitaba cambiarle otra vez el pañal y también lavarla, la había limpiado por la mañana pero daba la impresión de que no se encontraba muy bien. Estaba acostumbrada, aquella tarea se repetía a diario desde hacía tres años y pico. Hasta entonces su madre había sido una persona con salud, la más sana de los tres, pero la vida quiso cambiarle la suerte convirtiéndole la cama en su prisión. Y de verdad que lo consiguió. Apenas tenía fuerzas, no podía moverse, necesitaba que los demás le prestasen ayuda continuamente. Tanto que su padre no pudo resistirlo y es muy posible que esa fuera la causa de que no desease ver ni entender nada más. Sinforosa estaba completamente segura de que había sido así.
Al terminar de comer, sus padres dormían una pequeña siesta, fuese por cansancio o por costumbre, pero siempre le regalaban con media hora como mínimo para sí misma. Aquel momento era el que más le gustaba y lo esperaba cada nuevo día con las mismas ansias. Desde la primera vez, incluso cuando ellos estaban sanos, eran los minutos que había aprovechado para escribir las cartas.

Llevaban casados tres años, siete meses y 23 días cuando su marido se incorporó a filas. Antes de empezar la guerra se escribían cada semana, después ya recibía contestación de vez en cuando. Como no estaba siempre en el mismo sitio habían acordado una dirección en la que él pudiese recoger la correspondencia y contestarla cuando le fuera posible. A partir de ese momento, Sinforosa recibió menos cartas y cada vez más distanciadas, apenas le llegaba alguna que otra contestación. Con el tiempo dejó de tener correspondencia y aunque siguió escribiendo a la misma dirección no tuvo ninguna clase de respuesta.
Al terminar la guerra su marido no regresó, pero ella siguió enviando cartas casi cada mes y a la misma dirección. Pasado un tiempo lo dieron por desaparecido y a partir de ese momento empezó a escribir y a mandar una cada día. Aún así, nunca recibió contestación. A pesar de no tener respuesta continuó escribiendo al mismo ritmo, y antes de que se hubiese cumplido un año de su envío diario de cartas, empezaron a llegarle muchas de las suyas de vuelta. Para evitarlo decidió mandarlas sin remite y desde entonces, sin falta, a las nueve en punto aparecía en la estación para entregarlas ella misma en el vagón correo.
No le importaba entregárselas al cartero si ella estaba delante cuando se embarcaba la saca de correos. Pero temía que se cansara el pobre hombre, más que nada por el tiempo y la periodicidad con que había decidido enviarlas.
También aquella tarde había podido rescatar su preciosa media hora para escribir la carta. Y al día siguiente, a las nueve en punto, como siempre, cuando el cartero y el vagón correo coincidieron delante de la estación, Sinforosa llegó con el sobre en la mano, sellado y listo para entregar.
Incluso este cartero, un joven que apenas llevaba un año en el oficio, sustituyendo al anterior que se había jubilado, ya conocía las manías de aquella mujer y siempre la esperaba con la saca abierta. No comprendía el empeño, ni el motivo de tanta insistencia para enviar aquel correo, pero imaginaba el miedo que le causaría extraviar una sola carta. Sobre todo, como le había dicho el cartero anterior, si había mantenido tanto tiempo aquella misteriosa correspondencia.
Con el paso de los días, y al ir conociéndola poco a poco, no pudo evitar una cierta simpatía por aquella anciana. En su rostro veía una pena y una tristeza inmerecidas, cada mañana, cuando se le acercaba, tenía la sensación de que la vida, a veces, se ensaña injustamente con seres inocentes para probar la generosidad en los demás.
En aquella ocasión, antes de que ella iniciara el camino de regreso, el cartero sacó una flor del bolsillo interior de su chaqueta y le dijo:

-¿Abuela, sabe qué día es hoy?
-No.
-Tenga... es el 14 de febrero y hágase a la idea que se trata de un correo que me dieron para usted.

No había podido evitarlo. Estaba completamente convencido de que cuando alguien era capaz de escribirle diariamente a un amor, durante más de cuarenta años, incluso sabiendo que ya no existía; fuera quien fuese, el día de San Valentín merecía una rosa roja.


XoseAnton (2002-02-14)


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