LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA
Nacido en el Perú en 1941. Salió de Lima en 1958 para estudiar Derecho en Madrid y ni terminó la carrera ni regresó a su casa. Después de recorrer diversos países se radicó en Sevilla donde reside actualmente. Ha publicado dos libros de poesía: "De las casas que nos poseyeron y que fuimos abandonando" (Mención honrosa de la II Bienal de Poesía, Panamá 1972) y "Versos del oriental" (Premio Acentor de poesía, 1982). Los siguientes libros de relatos han sido escritos, impresos, encuadernados y distribuídos por él: "Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca" (1996), "La lámpara de un cretino" (2000), "La carcajada del diablo" (2001), "Bulevar Proust" (2002), "Pasajeros de otros barcos" (2004).
Sonrisa de chimpancé
La naturaleza es naturalmente injusta, distribuye las capacidades de forma anárquica y a veces con cierta mala leche, por ejemplo, a los únicos mamíferos que les concede la posibilidad de volar, los murciélagos, los crea ciegos. Al hombre le dio el don de la palabra, pero lo llenó de conflictos éticos, literarios o sexuales.
Y lo malo de hablar es que resulta imposible corregir. Lo dicho, aunque se desdiga, no se puede borrar, las palabras no se las lleva el viento como piensan algunos ingenuos, se nos quedan incrustadas entre la cuarta y quinta vértebra aproximadamente, para siempre. La risa también es indeleble.
Para poder comunicarnos mediante la palabra nos exigen nuestras credenciales de humanos, por eso los chimpancés que no andan erguidos no pueden conversar, pero reírse sí.
Uno se puede reír con la boca, o con los ojos. Los orientales se ríen mucho con los ojos, en cambio los africanos se ríen más con la boca. Los occidentales nos reímos mucho con la barriga. También puede uno reírse con otras partes del cuerpo, con los pies por ejemplo, pegando carreritas en el mismo sitio como si estuviéramos descalzos sobre un río helado, o con las manos, palmoteando. De niño noté que una vecina se reía con las nalgas, era un caso raro. Existe también la risa fina de los esqueletos, que es como el aire que los atraviesa; León Felipe se sorprendía que en México, tan triste, se rieran las calaveras. La risa de los chimpancés son morisquetas conmovedoras, la sonrisa les cuesta más, pero sonríen.
Una vez vi a uno de nuestros hermanos genéticos reírse tanto con las manos que tuvieron que dispararle tranquilizantes. Al pequeño simio se le había escurrido un coco desde lo alto de un árbol y golpeó la espalda del jefe, éste se volvió y le echó la culpa a otro individuo que estaba cerca, un mono grande y barbado ocupado como un trabajador manual en romper una caña. El acusado se defendió como pudo con la vara y luego huyó abatido. El pequeño simio culpable no paró de reírse en ningún momento. Todo quedó registrado en la cámara de vídeo colocada en un rincón del universo de primates del zoológico una tarde que estaba yo de guardia.
Me quedé con una copia de la cinta, la he visto y revisado muchas veces sin llegar a compartir la gracia del monito, porque me apena, porque a pesar de saber que esos conflictos sólo tienen de humanos la apariencia, me producen un desasosiego ancestral. El malentendido, el prejuicio, la falta de comunicación, aparecen con nuestros primeros juguetes. La civilización, ni la edad, logra eliminarlos, únicamente hemos descubierto, alguna noche sin palabras, que el amor mitiga el dolor de nuestras vértebras y nos permite, a la mañana siguiente, levantarnos erguidos, con sonrisa de mamíferos.
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