Carlos Jover, Palma, 1959. Ingeniero de Caminos y editor. Ha ejercido la crítica literaria y de arte en diversos medios de prensa de las islas. Actualmente es articulista de opinión de El Mundo-El Día de Baleares, así como co-guionista de la tira cómica "Trifàsic", de este mismo periódico. Dirige la editorial "Calima Ediciones".

 

 

 

 

Heisenberg

 

© Carlos Jover

 

 

 

Surge de mi mano una cadena de vacilaciones.
¿He de apretar más ese cuello de cisne
que se ahoga ante mis ojos?
No tiene pérdida, siempre que te mantengas
en el ámbito de sombra que ya conoces.
Las hormigas fluctúan en esa penumbra y les va bien.
Son tenaces, y no vacilan. Juntas escriben mensajes con sus cuerpos en movimiento
y los desocupados como yo los descifran añadiendo una vacilación más a sus vidas.

Porque el mensaje que deletrean es que no hay mensaje,
que la Naturaleza está muerta por encima de toda apariencia
y que todo lo que surge ante nuestros ojos es ya ceniza,
como esas estrellas brillantes en la noche, que ya no existen más que en el destello.

Pálpito que fue y ya no es el mismo pálpito,
la procesión de hormigas grafómanas se prolonga en el pozo de los siglos
sin avanzar nunca nada, como si escribiesen una sola letra circular alrededor nuestro,
a modo de garrote vil en torno a nuestro cuello.

¿Aprieta?

 

 

 

 



El espíritu de cristal

(Novela. Fragmento con notas)

 

© Carlos Jover

 

 

I.

 

Cuando, con los ojos a un tiempo fijos y desorbitados (1), colgó el teléfono de pared de la cocina, un aliento de cristal yacía roto para siempre (2) bajo el pliegue apagado de sus párpados. Nada era como le habían contado sus padres, y se sentía incapaz de avanzar por esa senda convencional que ahora se le antojaba dificilísima, salpicada de mojones kilométricos insalvables. Ahora le venía a la memoria (3) cuando había tenido, de niño, que aprender a leer las horas en el reloj (4): llegó a pensar que jamás lo conseguiría, y esa sensación unida a la comprobación de que todo el mundo que le rodeaba, ese mundo mayor, dominaba aquella habilidad que así se convertía en vulgar, le había producido una dolencia íntima de soledad y de rareza que ahondó aún más esa fractura separadora (5).


Pero es que, después de aquel último y vasto intento, en el que había puesto lo mejor -y también lo último- que le quedaba de sí mismo(6), no podía avistar nada más en la línea del horizonte que una colección insaciable de relojes incomprensibles, marcando todos, para latitudes distintas, la misma hora de la muerte. Y a esa tarea de morir se aplicaría a partir de ahora, con la misma parsimonia natural con que se descomponen las heces en un campo regado con aguas de depuradora.


Barceló se había evaporado en un instante (7), y con él su última esperanza de alcanzar la cómoda esclusa de la normalidad. Aquella llamada telefónica -luego me contaría, con la voz de algodón que da el beso del alcohol, que "fíjate, a Liberia, llamé a Liberia desde el teléfono de pared de la cocina de mis padres"- marcaría su línea divisoria de la madurez, el telón de acero del destino sin el que parece que los hombres no pueden abandonar la inocencia del paraíso y esa angelical mirada estúpida que da la ignorancia de que no sólo existe el demonio sino de que en todas partes acecha como ojo grande dentro de un triángulo equilátero resplandeciente de sombras (8).


De ahí en adelante, como piloto exiliado de su aeroplano por un extraño ostracismo, quedaría a merced de sí mismo, recluido dentro de los angustiosos límites de su propia mazmorra, sin otro objetivo para su flamante título de piloto que guiar sus pasos rectamente hacia la perdición más digna -y es que qué otra cosa podía hacer ante el engaño del mundo que desengañarse por completo de él.


De joven había pilotado una motocicleta de forma frenética y desenfrenada, con esa temeridad fresca que sólo se tiene de joven. Es entonces cuando parece que la sangre impeliese con fuerza desde el musculoso témpano bombeante con el único fin de salirse de su cauce y empapar, tiñéndolas del color de la vida, las grises losas de los hospitales (9). Como si algo más fuerte que uno mismo, y que viniese de más hondo que esa soslayable vicisitud de la existencia singular, pugnase por ceñir del rojo del amanecer el círculo opalino de la monocordia, demostrando que la sangre de la vida es más generosa cuanto antes se entrega (10).


Y como símbolo de la cíclica regeneración que construye la eternidad a base de una secuencia interminable de cadáveres, fue el hígado lo que Aníbal (11) inmoló a tiempo, en el ara sacrificial del asfalto, estrellando su motocicleta contra la inanidad nictálope de su juventud. El manillar, la empuñadura izquierda desde donde se engranan y desengranan las entalladuras del cigüeñal, explotó en el bajo vientre excusando una variedad de órganos -tejidos, venas, nervaturas: carne frágil en fin- de sus obligaciones.


Y luego largos meses en coma, en punto y coma, en paréntesis (12), para acabar cerrando el capítulo de la esperanza, del ruido y la furia, en un párrafo largo y plano de forzadas genuflexiones. Hasta el accidente, Aníbal había sido el seductor, el líder juvenil que encarnaba al auténtico bailarín de pies ligeros que había que imitar para recoger las migajas de sus mujeres. Después, su ejemplo contribuiría a que éstas abandonasen precipitadamente el mal camino que todas toman con las primeras lunas rojas, y olfateasen soluciones más convencionales para sus eternas demandas (13).


Derrotado y debilitado, prisionero de los médicos y enfermeros que rápidamente la familia, como punta de lanza del darwinismo, había apostado a su alrededor, fue expuesto temerariamente a la radiación de la benevolencia, la caridad, el amor al prójimo y la voluntaria donación de sangre, con el único fin, dijeron, de recuperarlo para la sociedad justo a las puertas de haber recibido el sambenito de "inválido"(14), esto es, no válido -para la sociedad de la producción, de la eficacia, de los procesos de compatibilización de voluntades, del sistema de precios y de pecios en el seno del enjambre de las catacumbas humanas.


Allí tuvo que pactar con el espíritu de cristal por primera vez: los restos desordenados de sus vísceras le pedían seguir viviendo peligrosamente (15), a pesar de todo, con la arrogancia de quien lanza sobre la mesa unas monedas de plata -excesivas incluso para comprar un hígado de reciclaje-, y atesora así la calculada mirada de todos los malhechores. Años después, sorbiendo un whisky que ya el resto de su hígado no se molestaba en reconocer(16), me diría que ese primer pacto, que él recordaba como fruto de una extorsión -con el hígado intacto jamás hubiera atendido las demandas del espíritu de cristal- había presupuesto ya la claudicación definitiva, y que el gesto de entregar el cuello sobre la tabla del verdugo aprisiona en ese instante al que lo realiza dentro de un absoluto, al margen de la anecdótica posterior de si se producía el perdón parcial, la condonación de su cabeza, o bien, por impericia, el hierro del verdugo no alcanzaba plenamente su objetivo quedándose en yerro vergonzante.


Como una vitrina repleta de vasos de cristal tallados a mano(17), ese tipo de alacenas que, dibujando el perfil del lujo, la silueta casi siempre inaccesible de la riqueza, inevitablemente desbordan de desasosiego por su propio futuro, tan tenue, tan rompible, tan turbiamente cristalino, contemplaba su alma en el espejo -todo un espectáculo de luces y destellos, mundo feérico que no necesita que nadie investigue la cuestión de su realidad-, asombrándose de la pérfida trama urdida por el Gran Logos para combatirle(18), por medio de un pariente lejano de Mefistófeles, a él que de partida contaba con todo el patrimonio del mundo infernal y que, por tanto, había que presumir engarzado con cordura en el caótico desequilibrio del final de la era de Piscis.


Fausto explicaba infinidad de biografías, rutilantes ascensiones con fulminante descalabro final -tantos rouge et noir stendhalianos…-, insospechados declives de personajes cuyo pacto con el diablo constituía cuanto menos una enorme sorpresa, y, sin embargo, no bastaba para establecer las leyes que habían regido la cristalización endemoniada de Aníbal, esa germinación de una cápsula de hiperorden que debía realizar el ensamblaje entre los dos paraísos del caos afectados de hipertrofia. Aníbal contemplaba en el espejo la vitrina repleta de vasos de cristal tallados a mano, y temía, con el sentimiento encontrado de una virgen, la torpe mano del destino que interrumpiera con un estallido de vidrios rotos la leve esperanza de haber cerrado un pacto, no con el espíritu de cristal como al final se demostraría, sino con el mismo diablo que propició los mejores años al infausto doctor Fausto.

 

 

(1)Se diría que había recibido una mala noticia, pero en el fondo sólo los hados le comprendían.

(2)Todo pensamiento es un germen de locura. Menos mal que, frágiles como el cristal, los pensamientos no tardan en hacerse añicos a la menor torpeza, librando la jungla a otros aprendices de brujo.

(3)Convirtiéndola en una avellana de dolor.

(4)Intentar pensar el tiempo desde un puesto en el tiempo es como querer beber una gota de lluvia en el aire siendo otra gota que, algo más arriba, participa en el mismo aguacero.

(5)Todo drama se inicia siempre en una falta de "sympathia".

(6)Más que jugar al resto jugaba de farol.

(7)Lo contrario de un fantasma, que desde la inmaterialidad consigue aparecer. En cambio, todo lo que desaparece, por esa misma regla, debe hacerlo a costa de aumentar su realidad, su sustancia.

(8)No sólo Dios mira a través de la Geometría; también existe un orden de lo diabólico. Es más, el propio concepto de orden es de origen diabólico, pues con ese virus ancestral carga el hombre su exilio del paraíso y la imposibilidad de toda felicidad práctica.

(9)Esta sabia escaramuza del diseño de interiores se encuentra en la raíz de la moderna doctrina estética de las escuelas de arquitectura en Occidente.

(10)Así H. forzó la sangre judía a un proceso contra su propia natura: complejo demonismo.

(11)Este nombre subyace en el subconsciente colectivo como referente de toda travesía de los Alpes.

(12)La aparición obsesiva, en el pensamiento, de objeciones gramaticales para el discurrir es síntoma claro del menoscabo de la personalidad. Así, todos los personajes de Beckett, cortocircuitados gramaticalmente, presentan vastos perfiles psicóticos.

(13)La economía, al proporcionar una valoración del género ofertado científica y limpia, debe considerarse un invento de las mujeres aparecido justo al final de la etapa de las últimas luchas explícitas, con uñas y dientes, entre los machos por el apareamiento privilegiado.

(14)El inválido como prototipo de out-sider: no hacen mella en esa playa las voraces ondas de la vida. Parece que la salud de la roca enhiesta se socava antes que la tumbada silueta de lo aparentemente entregado. Como en la Biblia, las cañas dobladas por el viento, falsamente vencidas.

(15)El peligro de vivir sin peligro: héte aquí la pesadilla que quita el sueño a todos los sacerdotes.

(16)Tal vez el comercio del hombre con el alcohol y los alucinógenos no provenga sólo de su necesidad para provocar, como vehículo externo y justificativo, la orgía, la danza social, el apareamiento. Los británicos tienen su ginebra, su whisky y sus fantasmas. La visión de una sombra solitaria e independiente, la visión de un fantasma, debía ser explicada, achacada a algo. Tal vez el whisky… siente mejor cerca de los cementerios.

(17)Se había roto ya su corazón de fundición, y sólo quedaban órganos de cristal dispuestos a resistir las embestidas.

(18) Y se le había roto también la aureola de la cabeza para dejar escapar todas sus vanas ilusiones como palomas asustadas

 

 


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