MÁSCARAS DEFECTUOSAS

 

© Salvador Alís

 

 

 

Máscara es todo aquello que usamos para exhibirnos y para ocultarnos. Si se adhiere al rostro de manera adecuada, sin que sea evidente su impostura, la máscara es efectiva; en caso contrario, produce risa o asusta.

 

 

I
lunes, 19 de julio de 2004, 5:30 h.

 

 

el ataque del viento se produce sin previo aviso, uno sale volando porque no pesa, vuela porque está lleno de una ingrávida nada que no pesa, y al capricho del viento es llevado a los confines del silencio, allí donde se genera la primera máscara, la vuelta del revés, la ausencia

 

 

II
martes, 20 de julio de 2004, 3:00 h.

 

 

provisto de una tijera, levanto la vista hacia la noche y recorto de ella, siguiendo una rara configuración de estrellas, la segunda máscara negra, y la llamo la oscura

 

 

III
martes, 20 de julio de 2004, 18:00 h.

 

 

tendido en esta playa sobre piedras desiguales, sobre mentiras petrificadas y bajo este sol que seca la vida, que la resquebraja, en este lugar donde sólo es verdadera la medusa, la transparencia que fustiga, hallo la tercera máscara, la cegadora

 

 

IV
miércoles, 21 de julio de 2004, 5:30 h.

 

 

casa de tres alturas, en la terraza: la insolación, en la planta baja: el manicomio, en el sótano: la morada del verdugo, a todas horas: la tortura, a cada minuto: el sobresalto del reloj, a cada segundo: yo, la cuarta máscara

 

 

V
miércoles, 21 de julio de 2004, 16:00 h.

 

 

el veneno de la ironía es agrio y es dulce, una delicada rosa de pétalos de membrana y de papel japonés, espinas blancas con los dientes afilados, una maraña de hilos, de aromas intensos y llamas incoloras, fuego que consume y no quema, máscara número cinco:

 

 

VI
jueves 22 de julio de 2004, 4:45 h.

 

 

en la cúspide de una torre que se desmorona, seis veces maquillada y en ruinas, máscara reblandecida por el llanto mortal e inmortal, frágil estructura de naipes repetidos, inestables comodines que no encajan, no representan, no significan, no se abren en abanico y son rechazados por la magia desvelada de la desaparición

 

 

VII
viernes, 23 de julio de 2004, 6:00 h
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del tramposo juego de vivir, puestas en apuestas nuestras vidas sobre la mesa de patas de aguja, y del tapete deshilachado de los sueños, usando la navaja del insomnio, se obtiene la séptima máscara, la que se pega a la cara como el moho a la piedra húmeda, y alguien -es inevitable- acierta con el nombre dado: la partida

 

 

VIII
domingo, 25 de julio de 2004, 4:30 h.

 

 

máscara número ocho u octava, anticipo de un regalo para tu vida más allá de sí misma, para tus ojos claros, para tus labios de aceite y de oro, una forma de mirar y ser mirada, separado de todo menos de ti, separado de todo, en la vorágine de quererte y enloquecer ante tu rostro, la transparencia o el sigilo

 

 

IX
domingo, 25 de julio de 2004, 9:00 h.

 

 

al principio, hallado el sendero y la capacidad de andar, ya existen otros pasos que se alejan, en el origen y en el final, pasos que se alejan de nuestros pasos, aun siendo idénticos, y al llegar a la detención de todo movimiento hay también un eco de pasos que rebota en ninguna parte y vuelve con la demoledora insistencia de un reloj eterno y sin saetas, la novena máscara, también llamada la inquieta

 

 

X
lunes, 26 de julio de 2004, 5:00 h.

 

 

humo que se disipa mientras se eleva hacia la gran mancha de tinta del cielo: pasos perdidos, alas de pájaros que se rompen contra la incipiente luz que borra la escritura celeste: pasos perdidos, imágenes que se funden como siluetas de hielo en el cráter de los sueños: pasos perdidos, esta voz desfigurada por muchas voces: pasos perdidos en la estampida o el estallido cuando arde y arrasa la décima máscara

 

 

XI
martes, 27 de julio de 2004, 5:30 h.

 

 

aparta de mis manos esta hoja, este pez de plata que resbala hacia el abismo de las aguas profundas, que busca la furiosa inmensidad de la justicia y la venganza, aparta de mi boca las palabras de dientes de sierra, el hambre que nunca se sacia de mis ojos, aparta la cúpula de los mares, muéstrame la fría serpiente de cristal reptando como el agua hacia la sed, aparta de mí esta máscara

 

 

XII
martes, 27 de julio de 2004, 8:45 h.

 

 

escribe el que despierta, el que sueña: vive, el que vive: muere, el sueño y la muerte se parecen, escritura y vida no es lo mismo, volver al sueño y a la vida, sin dejar por ello de estar muerto, condenado a despertar mil veces, a describir esa condena, ese ciclo de agobios y de arritmias, esa palpitante y penúltima máscara: la impulsiva

 

 

XIII
miércoles, 28 de julio de 2004, 9:00 h.

 

 

llenos los bolsillos sin fondo de la memoria de libros subrayados por el tiempo y las uñas, largas uñas que cobijan la espesa suciedad que amalgama letras desprendidas, palabras o fragmentos de palabras, frases incompletas, títulos sin título de capítulos inacabados, páginas rasgadas, todo va cayendo a tu paso y traza sobre el suelo acribillado por esa lluvia un rastro de mentiras que no acaba: la máscara infinita

 

 

mal escrito: mal pensado: mal vivido
jueves, 29 de julio de 2004, 17:45 h.

 

 

nada la ausente medusa en la terraza, en la planta baja, en el sótano a todas horas, a cada minuto, a cada segundo, espinas blancas, maraña de hilos, llamas incoloras, un fuego mortal e inmortal, la partida más allá de sí misma, la transparencia o el sigilo, pasos que se alejan, humo que se disipa, cúpula de los mares, despertar mil veces: todo va cayendo y todo se despoja de su apariencia, al fin sólo el cráneo permanece: esa máscara interior, esa imposibilidad de recubrirse

 

 

 

 

ARANEA DIADEMATA

 


© Salvador Alís

 

 

Voy a comerte, me dijo la araña. Yo había caído por accidente en su tela, una red de múltiples, pegajosas y tensas líneas blancas, casi invisibles, con restos adheridos de escrituras huecas, palabras vaciadas de su néctar y letras rotas o dislocadas. Voy a comerte, repitió fijando en mis ojos muy abiertos los suyos casi ciegos, pero como eres tan grande y tan viejo, y supongo que tu interior resultará difícil de digerir, sin duda tardaré mucho y tu agonía será larga; así que, tómalo con calma. ¡Vaya, pensé, qué araña más descuidada y patosa! No sólo no es capaz de mantener la tela limpia sino que ignora, además, que lo mejor para ambos sería que, antes de inyectarme su saliva y succionar mi esencia, me inoculara el veneno de sus quelíceros para conseguir mi muerte, parálisis o anestesia, y evitar cualquier riesgo derivado de nuestras diferencias en cuanto a tamaño y fuerza. ¿Cómo podría salvarme? ¿Cómo distraerla mientras hallo un modo de escapar? Escucha, le dije, me parece que tu vida debe ser muy aburrida, siempre a solas y oculta, acechando en el extremo de los hilos alertadores la presencia de alguna víctima a la que devorar. ¿Qué tal si antes de comenzar a envolverme con tu viscosa seda me permites que te cuente una historia? Firmemente aferrada con sus cuatro pares de patas a los hilos secos de la oblicua red, y manteniendo por precaución cierta distancia, reflexionó un instante y luego dijo: De acuerdo, inténtalo. Sé que quieres joderme, pero no olvides que soy sabia, que he tragado más que tú, que muchos textos voladores se han precipitado en mi trampa y los he asimilado sin esfuerzo. Si la historia que me ofreces me satisface, quizá te dé una oportunidad o te proponga un trato; de no ser así, te comeré. Ni se te ocurra desgarrar mi tela, cortarla o aplicarle una llama; al menor gesto sospechoso, la vibración hará que salte sobre ti y te destruya. Gracias, le contesté, eres muy amable, y no temas por tu magnífica tela, no voy a dañarla. Verás: érase una vez un niño que corría cuesta abajo por la ladera de una montaña; de pronto, y sin poder evitarlo, se tropezó con una tela semejante a la tuya, perlada de gotas de rocío, tendida entre dos altos arbustos. En el centro de aquella ingrávida maravilla arquitectónica se encontraba una bella aranea diademata que el niño arrastró consigo, pegada a su pecho, hasta que fue frenado por un árbol y los dos, niño y araña, cayeron al suelo con algunas contusiones y heridas. La peor parada fue ella, puesto que se fracturó las ocho patas. El niño, una vez desplazado su miedo por compasión, decidió llevarse a la araña a su casa y ocuparse de entablillar las patas quebradas utilizando medios palillos y un carrete de suave hilo de hilvanar. Y la araña, agradecida, cuando se hubo recuperado le devolvió el favor con un doble pinchazo que transformó al niño en un pequeño Spiderman... ¡Qué historia tan absurda!, exclamó la araña. Como suele decirse, es tan inverosímil que seguramente debe ser real. Está bien. Voy a perdonarte la vida. Te liberaré de tus ataduras, aunque a cambio tendrás que hacer algo por mí. Pide lo que quieras, le dije yo, ansioso por recuperar la movilidad. La araña hinchó su cefalotórax, como tomando aire, y dijo: La condición a que deberás comprometerte antes de que te suelte es visitar de cuando en cuando este jardín. Y siempre que lo hagas, y confío en que seas fiel a tu palabra, tendrás que contarme una historia igual de absurda. No me importa si son reales o inventadas, pero tráelas también escritas en papel; y mientras me las cuentas harás un avión, una pajarita o una mosca mediante las técnicas de la papiroflexia, efectuando dobleces en ese papel escrito que por último lanzarás contra mi red, para que yo siga alimentándome cuando te hayas ido, y te recuerde, y tú, gracias a este compromiso, llegues a ser un escritor verdadero y no sólo un necio que se deja atrapar por una simple tela de araña.

 


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